lunes, 26 de julio de 2010

La feminidad onírica de Grete Stern

(Esta nota fue publicada previamente en Kunst in Argentinien)En los años veinte, las fotografías de dos norteamericanos, Edward Weston y Paul Outerbridge, inspiraron a Grete Stern (1904-1999), una joven diseñadora gráfica nacida en Wuppertal, Alemania, a tomar clase de dicha disciplina.

En 1927 se mudó a Berlín y fue aceptada como alumna por el matemático y fotógrafo Walter Peterhans. Veinte años más tarde, luego de formarse en la Bauhaus, se mudó a la Argentina con su esposo Horacio Coppola.

Retrató sin flash a Borges, Spilimbergo, María Elena Walsh y a su compañero de clase Bertold Brecht, pero en marzo se exhibieron en el Malba (Avenida Figueroa Alcorta 341) otras creaciones suyas.

En 1948 comenzó a ilustrar la sección “El psicoanálisis le ayudará”, de la revista femenina Idilio, que se basaba en el análisis de sueños descriptos por las lectoras. El sociólogo Gino Germani interpretaba los sueños bajo el seudónimo de Richard Rest.

Stern propuso realizar fotomontajes, una disciplina sin precedentes en la Argentina, pero que ella había estudiado en Alemania. Las pequeñas obras de arte eran ilustraciones literales de los textos que enviaban las corresponsales.

Los modelos en blanco y negro eran amigos, familiares y vecinos de la fotógrafa y muchas de las imágenes eran sacadas de su archivo personal. Su adolescente hija Silvia y su empleada Etelvina aparecen en la mayoría de las fotos y el vestuario y la escenografía también eran domésticos.

En el libro Sueños, Grete afirma que Germani cumplía un rol clave a la hora de idear los fotomontajes: “Me señalaba que tal figura debía aparecer haciendo esto o lo otro; o insistía para que aplicara elementos florales o animales”.

Poniendo bajo la lupa las creaciones de Stern, se puede ver la represión bajo la cual se encontraba la mujer argentina de los años cincuenta. El tren se la come como una serpiente a su presa, está atrapada dentro de una botella, condicionada por sus hijos, es pequeña. Tiene muchos desafíos por delante y una cabeza llena de ideas, pero está aislada y angustiada. Ni el amor la salva: en Los sueños de muerte, la soñadora besa a su pareja en un cementerio. Todo es difícil, el placer no se hace presente nunca y el reloj parece indicar que se está acabando el tiempo.

En el prólogo a su primera muestra en el país, Grete estableció: “la fotografía tiene una función social” y su obra no es la excepción. Sin ser feminista, la mujer de Stern se muestra tal como es: disconforme y desorientada, pero siempre apelando a la perfección.

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